quarta-feira, 12 de fevereiro de 2020

Pablo González Casanova,
el intelectual y la izquierda

Publicado originalmente en La Jornada Semanal

Domingo 13 de enero de 2013 Num: 932

Foto: Cristina Rodríguez/ archivo La Jornada

Luis Hernández Navarro

El 2 de mayo de 2010, Pablo González Casanova intervino en la sesión inaugural del Foro Social Mundial temático 2010 en Ciudad de México. Dedicó su presentación al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), a los campesinos de San Juan Copala y a Atenco.

No fue un gesto cualquiera. La solidaridad con el sme no estaba de moda. A la intensa campaña desatada desde el poder en contra de los electricistas se sumaron sectores de la izquierda intelectual, a quienes los trabajadores les parecen privilegiados y su sindicato rancio. Pero a don Pablo le ha tenido sin cuidado nadar contra la corriente de lo “políticamente correcto”. Ante el levantamiento zapatista, la entrada de la policía para romper la huelga estudiantil en la unam y la revolución cubana (por citar sólo tres ejemplos entre muchos otros), él ha dicho lo que piensa, no lo que se espera que diga. Don Pablo orienta su acción política por sus principios y su reflexión teórica, no por modas. Y con el sme le une lo que él ha caracterizado como “sentimientos intelectuales”. Su padre mantuvo reuniones frecuentes con integrantes de ese sindicato y él mismo participó en su revista Lux, redactando crucigramas, y escuchó a dirigentes de ese gremio, como Francisco Breña Alvírez, conversar sobre el socialismo.

González Casanova defiende las causas en las que cree sin sacrificar su independencia, sin plegarse a la razón de Estado o a la razón partidista. Aunque se ha definido como un intelectual orgánico de la Universidad, es celoso de su independencia frente al propio medio intelectual y los distintos ámbitos académicos, así como frente a las comunidades intelectuales más reducidas de especialistas, de afinidades políticas y los medios de comunicación.

En la misma reunión en la que expresó su apoyo público a la causa del sme, abordó temas candentes sobre la lucha por la emancipación social actual. Lo hizo con rigor analítico y pasión política. Dijo que la construcción de un mundo diferente no será posible sin antes definir dos ejes: que el capitalismo no solucionará los problemas del planeta, y que las organizaciones y luchadores deben incluir a todos los pobres de la Tierra y a los que están con ellos, aun a “los que han sido diabolizados por la izquierda institucional”. De otra manera, alertó, “nos pasaremos hablando la vida de otro mundo posible, hasta que el imperialismo de varias cabezas acabe con el mundo en que vivimos y la tierra que habitamos”.

Invitó a asumir con urgencia la necesidad de definir un proyecto común de quienes luchan por otro mundo. “Manifestar nuestros puntos de unión ‒dijo‒, formular proyectos de acción conjunta e inmediata en torno a ellos, el respeto cabal, el respeto total a la autonomía de los participantes, individuales y colectivos. Debemos definir acciones concretas con fuerzas concretas que están luchando por la paz, la justicia y la libertad. Definiendo a esas fuerzas nos definiremos nosotros.”

Don Pablo, es preciso recordarlo, no es un joven estudiante universitario formado en algunas lecturas de marxismo de manual, ni el dirigente de algún partido leninista, sino un intelectual de noventa años de edad, exrector de la unam, fundador de la sociología mexicana, laureado con varios doctorados honoris causa y reconocido como uno de los grandes pensadores contemporáneos de izquierda. Un académico a quien hace tres o cuatro décadas figuras del mundo intelectual y político que hoy militan abiertamente en las filas de la derecha, lo acusaban despectivamente de ser “demócrata”.

A sus noventa, González Casanova expresa con toda claridad el sentir de nuestra época. Su pensamiento atiende las demandas de explicación de una etapa extraordinariamente compleja, de cambio, de seguridad espiritual, de cohesión, de reconocimiento, de amplios sectores sociales reales (no imaginarios). Sus obras son una herramienta privilegiada para la crítica del poder y la enunciación de la verdad en nombre de los oprimidos. Su obra ha gestado un horizonte intelectual para la izquierda social y un nuevo cuadro ideológico que ayudan a recomponer y reformular el alimento espiritual de los sectores más activos de la izquierda. Su trabajo proporciona un buen conocimiento de la realidad, condición indispensable para la acción política y social. Finalmente, en un momento de desánimo social, sus reflexiones coadyuvan a elaborar proyectos alternativos frente a los males del orden establecido.

El fin del intelectual clásico

Desde finales del siglo pasado vivimos una época en la que la influencia de los intelectuales en los asuntos públicos, tan importante en otras épocas, ha disminuido sensiblemente. Muchos de ellos se reciclaron transformándose en expertos y tecnócratas. Desplazados de la tarea de formar la opinión pública por el príncipe electrónico, han buscado convertirse en intelectuales mediáticos. Se han vuelto así una especie hecha de celebridades, aunque a quienes aparecen como editoralistas en las barras de opinión de los telediarios se les vea pero no necesariamente se les escuche. Publicidad, información y entretenimiento se han vuelto, por obra y gracia de la televisión comercial, una sola cosa. De la mano de ella, muchos intelectuales son ahora comentaristas y aduladores de los poderes establecidos.

La prensa escrita que representa los intereses más conservadores les brinda a los profetas del fin de la utopía amplia cobertura. En ella difunden sus opiniones y publican sus artículos. Sin embargo, a pesar de su reciente protagonismo, hacen agua. Dedicados a servir al príncipe, no tienen nada que ofrecer a los pueblos. Quienes los escuchan son, apenas, sus audiencias de siempre. Sus opiniones están lejos de normar criterios o legitimar conductas. A lo sumo, alimentan prejuicios. Al metamorfosearse de esa manera, los intelectuales de la pantalla chica se han ido devaluando.

En una época de expertos, tecnócratas e intelectuales mediáticos como la que vivimos, ¿qué papel desempeña un intelectual de izquierda como Pablo González Casanova?, ¿qué espacio tienen sus ideas y su quehacer?, ¿qué puede recuperarse de su obra que tenga sentido para explicar lo que sucede hoy en día?

No son preguntas ociosas. El exrector ya sufrió, en el marco de la huelga universitaria de 1999-2000, la sentencia del tribunal televisivo por su decisión de renunciar a las dirección del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, como protesta por la entrada de la policía a la unam. Al analizar el papel de los medios electrónicos en el conflicto, escribió en La Jornada: “La televisión actual nos impide ver los problemas sociales para resolverlos. Convierte los problemas sociales en problemas individuales, penales, policiales y militares.”

Don Pablo juega un papel central en el actual debate latinoamericano. Su visión de la realidad continental (y del mundo actual) y de los sujetos emancipatorios, es de gran actualidad. Literalmente, su producción teórica, por más debatible que pueda resultar en algunos aspectos, es de una enorme importancia en esta época.

González Casanova mantiene viva la idea del intelectual moderno, nacida en Francia con el filósofo ilustrado del siglo xviii, y con el Émile Zola de Yo acuso (1898), con motivo del caso Dreyfus. Es un intelectual que, como advirtió Michel Foucault en una entrevista de junio de 1975, es universalista (capaz de pronunciarse sobre multitud de asuntos), prescriptivo (fija sin ambigüedad lo que cree que está bien y lo que está mal) y profético (Le Monde, 19-20/ix/2004).

Don Pablo es un intelectual de izquierda, es decir, es un pensador y un científico social que muestra preocupación por los problemas de la sociedad y del mundo desde el punto de vista de valores como la justicia social, la solidaridad y la lucha contra las desigualdades, la oposición a las variadas formas de colonialismo, el imperialismo o la opresión, la emancipación de las mujeres, el rechazo del racismo y de la xenofobia, la defensa de la laicidad y la denuncia de la arbitrariedad. Aporta lucidez, rigor y creatividad en la tarea propiamente intelectual, justicia en sus juicios y un compromiso práctico para mejorar la sociedad.

Es, además, un pensador que se ensucia las botas. Lo mismo viaja a Chiapas y escucha pacientemente y con respeto durante horas las intervenciones de activistas de todo el país, que se traslada a Cuba para analizar las dificultades de la construcción del socialismo. Indistintamente imparte la conferencia inaugural de un seminario sobre el pensamiento de Carlos Marx en Francia, que habla ante una asamblea de obreros y campesinos sobre el futuro de México y la tragedia de la nueva ocupación estadunidense del país. Nada que ver, pues, con la idea común que sobre los intelectuales se tiene en muchos sectores de la población y que expresó el finado músico Rockdrigo González en su canción “Los Intelectuales”: “En un extraño lugar retacado de nopales/ había unos tipos extraños llamados intelectuales/ no sabías si eran marcianos, mexicanos o europeos/ ángeles, diablos o enanos, cardíacos o prometeos.”

González Casanova es la excepción a la regla escrita por Ryszard Kapuscinski en Lapidarium i para describir el comportamiento de los hombres de la cultura del hemisferio. Según el cronista polaco: “Un rasgo característico de la evolución política del intelectual latinoamericano es que por lo general empieza en la izquierda y acaba en la derecha. Empieza participando en una manifestación de estudiantes contra el gobierno y acaba de ministro. Recorre el camino de joven rebelde a viejo burócrata. En ninguna otra parte del mundo es tan profundo el abismo que se abre entre la juventud y la vejez, entre el comienzo y el fin de una biografía.” A sus ochenta y ocho años, don Pablo es el mismo que siempre ha sido, Incluso, algunos dirían que es aún más radical.

América Latina y sus intelectuales

En América del Sur la clase política que representa a la derecha vive un pronunciado retroceso. Salvo el caso de Colombia y, en mucha menor medida de Perú, no cuenta con figuras de peso relevante. Pero el caso colombiano está marcado por sus vínculos con el narcotráfico y los paramilitares. Tan es así que ni siquiera cuenta con las simpatías de muchos legisladores estadunidenses.

No hay en la derecha continental una sola figura política que pueda hacer frente a los personajes que hoy conducen gobiernos de izquierda o de centroizquierda en el área. Los políticos de la derecha sudamericana carecen de credibilidad. Por el contrario, la clase política progresista, más allá de sus claroscuros, gana una y otra vez elecciones. Todos ellos tienen orígenes diversos. Hugo Chávez, de Venezuela, es militar; Evo Morales, de Bolivia, es un indígena, sindicalista de productores de hoja de coca; el derrocado presidente de Paraguay, Fernando Lugo, fue obispo católico; Rafael Correa, de Ecuador, es un doctor en economía egresado de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos; José Mújica, en Uruguay, es un antiguo guerrillero; Dilma Rousseff, de Brasil, fue guerrillera y su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, fue obrero metalúrgico. Es por eso que la derecha ha tenido que recurrir a sus intelectuales para dar la batalla en el continente. Carente de políticos prestigiados y reconocidos, ha debido echar mano de sus hombres de ideas para combatir lo que califica de ascenso en la región del indigenismo radical, la izquierda marxista y el populismo. Curiosa ironía: la derecha, una fuerza tradicionalmente antiintelectual, ha tenido que recurrir a los escritores para enfrentar a la izquierda.

Más allá de sus diferencias, intelectuales de la derecha, como Mario Vargas Llosa, Enrique Krauze y Jorge Castañeda (por citar a algunos), comparten un odio visceral hacia Cuba, Fidel Castro y, ahora, Hugo Chávez. El mandatario venezolano es el nuevo blanco favorito de sus críticas. No le perdonan que gane elecciones una y otra vez, ni que impulse su proyecto de socialismo del siglo xxi. Usualmente evitan definirse a sí mismos como de derechas. Prefieren presentarse como liberales (en la acepción estadunidense de la palabra) y democráticos. Pero su pensamiento y su práctica son conservadoras. En los hechos, defienden el neoliberalismo y se oponen a las luchas emancipadoras. Varios de ellos son conversos que han tirado por la borda su pasado en la izquierda y ahora se asumen como los profetas del fin de la utopía. Algunos han intentado incursionar en la política con malos resultados. Como puede verse con facilidad en México, su paso por la administración pública ha sido desastroso.

Sin embargo, a pesar de sus opiniones, por todos los rincones de la región florecen proyectos emancipadores. La lucha indígena es imparable. El marxismo crítico renace con dificultades. Los movimientos sociales ponen en jaque a las oligarquías. La crisis económica hundió al Consenso de Washington y con él hacen agua quienes navegaban en ese barco decretando que era la única opción viable.

Irónicamente, los avances de la izquierda política y social en América Latina no tienen ‒salvo en casos como Uruguay‒ correspondencia con su influencia en el mundo de la cultura y la academia. El pensamiento progresista dentro de la intelectualidad renace con dificultades. Sin embargo, en un momento de enorme protagonismo popular y conquistas electorales, el enorme prestigio e influencia de los que disfrutó el marxismo en las universidades y entre los artistas latinoamericanos a fines de los sesenta y comienzos de los setenta se ha desvanecido. El campo cultural progresista es terreno de choque y disputa entre los restos del marxismo neandertal y la teoría crítica renovada.

Es en este contexto que debe evaluarse la actualidad del pensamiento de Pablo González Casanova y su autoridad moral y política entre quienes protagonizan los procesos de transformación social. Él desempeñó un papel muy relevante en el nacimiento y convocatoria de la red En Defensa de la Humanidad. La red reúne a hombres y mujeres de la cultura, la academia, el periodismo y las bellas artes en el continente para frenar, en el terreno de la cultura, la ofensiva imperial y apoyar las luchas de liberación en el continente. Esta iniciativa tuvo una de sus principales fuentes de inspiración en el Congreso Mundial contra el Fascismo, celebrado en 1937 en España, en plena Guerra civil. Los organizadores ‒entre los que se encontraba don Pablo de manera destacada‒ consideraron que la ofensiva imperial que para reestructurar territorios y capitales desató el imperio a raíz de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, tiene grandes semejanzas con los desafíos que el planeta enfrentó con el ascenso del nazismo.

González Casanova ha sido un estudioso de América Latina (y del Tercer Mundo). Profundamente influido por la Revolución Cubana y por la experiencia de la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile, se ha involucrado activamente en la región. Sus reflexiones están tocadas por las olas subterráneas provocadas en toda el área por el triunfo del pueblo cubano. Su autoridad intelectual en el continente tiene como sustento, más allá de su compromiso con las luchas de liberación de la región, una vasta labor académica. Es así como coordinó los volúmenes América Latina en los años treinta (1977) y América Latina: historia de medio siglo (1925-1975) (1977); interpretó la historia contemporánea del continente desde la del eje del imperio en Imperialismo y liberación en América Latina (1978); editó Historia del movimiento Obrero en América Latina (1984-1985) e Historia política de los campesinos latinoamericanos (1984-1985), Cultura y creación en América Latina (1984); escribió además El poder del pueblo (1986) y coordinó El Estado en América Latina: teoría y práctica (1984).

Una nueva forma de pensar al país

Pablo González Casanova inventó una nueva forma de comprender y de estudiar a México. Muy probablemente dentro de cincuenta años lo leerán de la misma manera en la que hoy leemos con actualidad Los grandes problemas nacionales, de Andrés Molina Enríquez. Como lo ha señalado Lorenzo Meyer, La democracia en México es el primer gran estudio general del sistema político contemporáneo hecho por un mexicano, desde una perspectiva mexicana y académica. El libro colocó en el centro del debate nacional una agenda de investigación y una metodología para conocer al país. Inauguró líneas de investigación y reflexión sobre la realidad nacional vigentes hoy en día, y estableció un momento clave en el desarrollo de la sociología: el de la plena madurez de las ciencias sociales en México y el fin de los monopolios de los estudios extranjeros sobre el país.

Hasta antes de La democracia en México muchos de los más importantes análisis sobre la sociedad y la política mexicanas habían sido realizados por extranjeros, sobre todo por estadunidenses. Desde México se habían elaborado muchos ensayos interpretando al país desde la literatura, prescindiendo de estudios empíricos. Algunos marxistas, como Lombardo Toledano y José Revueltas, analizaron la estructura económica y social desde la perspectiva de la Revolución Mexicana. Trabajos pioneros como La estructura social y cultural de México (1951) de José Iturriaga, y La industrialización de México (1954) eran hechos excepcionales y limitados.

González Casanova integró, con gran imaginación, la sociología estadunidense con el marxismo, la historia y la estadística. Reflexionó creativamente sobre el marginalismo, el colonialismo interno, las sociedades duales, para analizar la relación entre modernización y democracia, y entre economía y política. Concluyó que la falta de democracia producida por la explotación y el colonialismo interno impedía al país caminar hacia una democracia representativa y el desarrollo.


Pero, a pesar de su adscripción universitaria, González Casanova ha ido más allá de las aulas para seguir desarrollando su labor de investigación. En una época como ésta, en la que una parte muy importante del pensamiento vivo se encuentra lejos de los circuitos intelectuales tradicionales, don Pablo ha marchado hasta donde se localiza el laboratorio de sueños emancipatorios: abajo y a la izquierda. Hasta allí va el maestro, sea para escuchar y aprender, sea para hablar y enseñar. Frente a una academia prisionera de la lucha por los puntos y el deslumbramiento de las pantallas de televisión, el profesor sigue caminando una y otra vez entre las barricadas de los que resisten. Para esos sectores, su liderazgo intelectual es indiscutible. Nunca ha sucumbido a los cantos de sirena del poder.

A sus noventa años, don Pablo mantiene la misma curiosidad epistemológica de siempre y el mismo rigor analítico. Con sentido común e inteligencia ha sabido mantener la frágil conjunción de compromiso y distancia, de aproximación y alejamiento del objeto del compromiso. Es, con mucho, uno de los más grandes intelectuales latinoamericanos.

segunda-feira, 18 de novembro de 2019

ANDRES AUBRY


1927 - 2007




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El 20 de septiembre del 2007, el antropologo Andrés Aubry, asesor del EZLN, murio en un acidente de carro, rumbo a Tuxtla, una muerte brutal, como el lo deseaba. 7 ano despues rendimos un humilde homenaje difundiendo textos, vidéos y audios de este gran hombre.
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TEXTOS

San Cristobal de Las Casas, la Ciudad Dual. (Dic. 1994)
Ahora que San Cristobal de Las Casas se convierte en un gigante parque de atraccion turistico, que los Oxxos e otros supermercados llenan esa ciudad, haciendole perder su identidad, ese texto de Don Andrés presenta la historia de esta Ciudad Dual (Centro Espanol, Periferia Indigena), con un matriarco historico oculto.
http://espoirchiapas.blogspot.mx/2013/09/la-ciudad-dual.html

Chiapas: La Nueva Cara de la guerra (Marzo 2007)
En ese texto, Andrés Aubry presenta la estrategia del Gobierno contra la Ezln tomando la metafora del Pez. La privatizacion de las tierras y de sus recursos no se puede hacer si estan bajo el control de la EZLN.
http://espoirchiapas.blogspot.mx/2013/09/andre-aubry-chiapas-la-nueva-cara-de-la.html

Tierra, Teruno, Territorio (Junio 2007).
La Tierra, la Planeta Tierra, el Teruno, la patria chica, el Territorio, el espacio reapropriado por un pueblo no se venden ni se compran! En ese articulo Don Andrés denuncia el "conservacionismo ambiental por las reservas como mascara.
http://espoirchiapas.blogspot.mx/2013/09/tierra-terruno-territorio.html

La Experiencia Zapatista: Un testimonio (oct. 2004)
Presentacion en 4 puntos de la experiencia zapatista: 1.Una Sociedad y un gobierno zapatista, No un estado zapatista 2.El sotano de la economia capitalina 3.Una Nueva Sociedad 4. Caracoles.
http://espoirchiapas.blogspot.mx/2013/09/la-experiencia-zapatista-un-textimonio.html

VIDEOS

Entrevista de Don Andrés sobre "los llamados de la memoria".
https://youtu.be/kWGiuVY1zI4

ARTICULOS

Neil Harvey, La Jornada, 05.10.2007
Las ensenanzas de André Aubry
http://www.jornada.unam.mx/2007/10/05/index.php?section=opinion&article=024a2pol

REFLEXIONES

Guillermo Villasenor Garcia, propuso en  Redalyc una Resena de"Chiapas a contrapelo.  Una perspectiva antisistemica" de Andrés Aubry.
https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=59501910

AUDIOS
participación de Andrés Aubry en el seminario de discusión política Generando contrapoderes desde abajo y a la izquierda
http://www.coloquiointernacionalandresaubry.org/070103_AUBRY_Contrapoderes.mp3

Publicado originalmente em:
https://espoirchiapas.blogspot.com/2014/09/andres-aubry.html

quarta-feira, 30 de outubro de 2019

“Muertos incómodos”


LA REDACCIÓN - Revista Proceso

12 junio, 2005

Luis Spota utilizó la novela política para analizar, en los setentas, las luchas por el mando entre los grupos poderosos La creación exigió tener un conocimiento profundo de la realidad, además de manejar una trama interesante El resultado fue un éxito no sólo de ventas, sino una descripción puntual de la forma de sucesión del gobierno autoritario en ese momento

Ahora el subcomandante Marcos y Paco Ignacio Taibo II escriben una novela con tintes políticos: Muertos incómodos (falta lo que falta) (Ed Joaquín Mortiz Col Narradores Contemporáneos; México, 2005 235 pp), para denunciar las arbitrariedades de los señores del poder

La idea original era escribirla por los dos autores con Manuel Vázquez Montalbán, pero la muerte de este último modificó el proyecto La elaboración se hizo teniendo como personajes centrales a Elías Contreras, insurgente zapatista, y al detective Héctor Belascoarán Shayne, personaje de las novelas de Taibo II Las reglas para mantener la secuencia fue precisar el tema; luego, Marcos describió el primer capítulo y Taibo II el segundo, y así sucesivamente La historia fue publicada por entregas en el periódico La Jornada

La historia se inicia cuando Elías Contreras, miembro de la Comisión de Investigación del EZLN, es encargado para averiguar la misteriosa desaparición de una mujer indígena La pesquisa lo lleva a seguir los pasos de un tal “Morales” en la Ciudad de México Paralelamente, Belascoarán es visitado por un participante del movimiento estudiantil del 68 que recibe llamadas de un compañero asesinado durante la guerra sucia de los setentas por “Morales” Ambos entran en contacto y conocen la perversión de la política y la corrupción de los poderosos
Muertos incómodos es una denuncia de la estrategia que siguen los grupos poderosos para vender al país La llegada de la fracción panista al poder implicó serios roces con los segmentos policiacos y represivos, hasta que llegaron a un acuerdo: hacer tabla rasa del pasado e incorporarlos al aparato gubernamental Con su colaboración y la de otros mercenarios han buscado vender Pemex, privatizar la industria eléctrica y apoderarse de la zona de Montes Azules en Chiapas, rica en agua, fauna y uranio

En esta zona el expresidente Zedillo y Julia Carabias, a través de “organizaciones ecológicas”, se han ido apoderando de varias regiones Ante esta desposesión grupos indígenas han reaccionado con movilizaciones y protestas, a las que han respondido organizaciones paramilitares vinculadas con el gobierno, como el Yunque, grupo de derecha relacionado con organizaciones internacionales fascistas La escalada ha sido delatada por el EZLN por medio de diferentes comunicados, y ahora con esta novela, para evitar una injusticia más, así como una escalada de violencia que no sólo amenaza a Chiapas, sino al país todo

Muertos incómodos es una novela legible que vale por la acusación Sin embargo, la premura con la que fue escrita deja ver el entretejido y quedan personajes y hechos sueltos; es más bien una primera versión sujeta a varias revisiones Quizá la necesidad de la denuncia obligó a Marcos y Taibo II a ese descuido

terça-feira, 22 de outubro de 2019

Reseñas bibliográficas

Luis Villoro, Los retos de la sociedad por venir - Fondo de Cultura Económica, México, 2007, 226 pp.



Guillermo Hurtado
Instituto de Investigaciones Filosóficas. Universidad Nacional Autónoma de México. gmhp@servidor.unam.mx


Los retos de la sociedad por venir es el más reciente de una serie de libros publicados por Luis Villoro sobre temas de filosofía política. El libro está escrito con esa admirable combinación de lucidez y pasión a la que nos tiene acostumbrados su autor. Villoro ha mostrado una vez más cómo la filosofía mexicana puede ser comprometida y liberadora, sin por eso dejar de ser rigurosa y profunda.

La obra se divide en cuatro partes: la primera se ocupa de la justicia, la segunda de la democracia, la tercera del multiculturalismo y la cuarta del sitio de la razón en la vida. Para quien le interese ubicar las tesis y los argumentos de este libro dentro del corpus de la obra de Villoro diríamos que la primera parte es un replanteamiento radical de los capítulos 12, 13 y 14 de El poder y el valor; la segunda parte tiene como antecedentes su ensayo de 1978 "Filosofía y dominación", publicado en El concepto de ideología y otros ensayos, y los capítulos 15 y 16 de El poder y el valor; la tercera parte puede verse como una prolongación de Estado plural y pluralidad de culturas; y la última resume magistralmente una preocupación que se encuentra en la totalidad de su obra.

La primera parte de Los retos de la sociedad por venir no es sólo la de mayor extensión, sino también la de mayor originalidad y densidad filosófica. Lo que aquí nos ofrece Villoro es la teoría de la justicia sobre la que él empezó a trabajar después de haber concluido El poder y el valor. En aquel libro, Villoro había abordado el tema de la justicia (en el capítulo 12) para relacionarlo con la distinción que hizo entre la asociación para el orden y la asociación para la libertad. En su obra más reciente, retoma el asunto de la justicia desde una perspectiva radicalmente distinta; a saber, desde el examen filosófico de la experiencia de la injusticia. El núcleo de su propuesta es que hemos de entender la injusticia como exclusión. La nueva teoría de la justicia de Villoro se distingue de otras que se han ofrecido en años recientes por tomar una ruta negativa, es decir, por tratar de entender la justicia a partir de su ausencia, la injusticia. Esta ruta conceptual no sólo responde a una estrategia intelectual original, sino al reconocimiento de una realidad concreta. En países como México, la experiencia de la injusticia es cotidiana, aunque no por eso menos indignante y opresora. Pensar la justicia a partir de la injusticia es, por lo tanto, hacer filosofía desde nuestra circunstancia, hacer una filosofía congruente con nuestra realidad.

Mientras que Rawls pensaba la justicia desde un velo de la ignorancia en la que un sujeto, sin ningún referente, se imaginaba cómo había de ser una sociedad justa, Villoro la piensa desde la situación de un sujeto concreto que padece la injusticia, que experimenta la exclusión que siempre conlleva aquélla, y que luego es capaz —por medio de un ejercicio de disenso crítico— de equipararse con el excluyente, hasta llegar al punto en que —por medio de un consenso racional— se reconozca al otro de manera cabal a partir de la aceptación compartida de valores objetivos. Villoro enfatiza que este proceso tiene una dimensión histórica. No puede, en consecuencia, universalizarse de manera abstracta y mucho menos de manera definitiva, sino que siempre ha de entenderse en un contexto específico de exclusión. Esto tiene una repercusión importante en la forma en que entendemos los derechos humanos. Así como Zea criticó el modo en el que Occidente universalizó una concepción particular del hombre, Villoro afirma que la universalización de ciertos derechos comete el error de suponer que las circunstancias de exclusión son las mismas en todos lados y en todo momento. Según Villoro, la doctrina de los derechos humanos en boga fue formulada en un lugar y una fecha precisos: es el resultado de la experiencia de exclusión de la burguesía europea en el siglo XVIII. En países como el nuestro, la circunstancia de exclusión es muy distinta; aquí, la tan deseada libertad individual no puede ejercerse sin otras condiciones como la alimentación, la vivienda, la salud, la instrucción y la pertenencia a una comunidad. Sin embargo, así como en Creer, saber, conocer Villoro no cae en un relativismo epistémico gracias a su aceptación de la noción realista de la verdad, en su libro más reciente no incurre en un relativismo axiológico gracias a la defensa de valores objetivos que ha hecho desde El poder y el valor. Por eso su teoría de la justicia está íntimamente ligada a su teoría sobre el multiculturalismo. Para él, las diferencias axiológicas culturales, que son históricas y por lo mismo variables, no implican un relativismo moral, sino por el contrario, el reto permanente de buscar consensos con los demás por medio del diálogo.

En el segundo capítulo, Villoro nos ofrece un análisis de los dos modelos de justicia cultivados en la tradición filosófica occidental: el teleológico, que parte de Aristóteles, y el deontológico, cultivado en años recientes por Rawls. Luego de exponer ambos modelos, Villoro compara cómo han dado respuesta a cuatro antinomias sobre la justicia que surgen del enfrentamiento entre los dos modelos. A las antinomias las denomina Villoro: del sujeto, del orden normativo, del tipo de asociación y del deber y el fin. Afirma que estas antinomias pueden disolverse si adoptamos dos criterios metodológicos: tomar en cuenta la evolución temporal de la idea de justicia y contrastarla con su negación, la injusticia.

Me he limitado a exponer en sus líneas generales la teoría de la justicia de Villoro y no es éste el lugar para analizarla con mayor detalle, pero quisiera sugerir una posible línea de objeción. Es evidente que no toda exclusión es una injusticia. Por ejemplo, un grupo de amigos puede excluir a uno de ellos, digamos, por no invitarlo a una fiesta. Esta exclusión puede ser arbitraria, irrazonable e incluso malévola, pero no por eso diríamos que se trata de un acto de injusticia. Supongo que Villoro concedería que no toda exclusión es injusta y que buscaría un criterio adicional que determine cuándo una exclusión es una injusticia. Pero sospecho que, para caracterizar a la exclusión injusta, Villoro no podría evitar retomar una idea de la injusticia como negación del bien común o una idea de ella como incumplimiento de normas universales. Pero si esto fuera así, ya no es tan claro que la vía negativa le permita escapar de las dicotomías sobre la justicia. Me explico. Creo que de presionar a Villoro para que eligiera entre la exclusión entendida como negación del bien común o como incumplimiento de normas universales, él no rechazaría ninguno de los cuernos del dilema. Eso aclararía por qué en distintas partes del libro él afirma, por una parte, que la única exclusión aceptable es la de aquel que se niega a cooperar con la comunidad (p. 128) y, por otra parte, que cualquier miembro de una comunidad tiene el derecho objetivo de disentir de los usos y costumbres de su comunidad (p. 168). Pienso que Villoro se resitiría a rechazar cualquiera de los cuernos del dilema porque él considera que a la injusticia hay que entenderla de manera histórica. Aveces el concepto de injusticia que ha de prevalecer en una comunidad es el de negación del bien común, y otras el de incumplimiento de normas universales. Pero, entonces, la salida que puede ofrecernos Villoro de las antinomias de la justicia procedería, a fin de cuentas, de su aproximación histórica al tema de la justicia, y no de su vía negativa a ella.

En lo que sigue examinaré algunos de los asuntos abordados en los demás capítulos de Los retos de la sociedad por venir.

Villoro ha defendido la instauración de una democracia comunitaria que sustituya a la democracia representativa liberal que existe actualmente en México. Esta propuesta coincide en muchos aspectos con el proyecto político nacional del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Villoro y los neozapatistas están en contra de una concepción del Estado que tiene más de dos siglos de antigüedad. Esta tradición política comienza en México y en el resto del orbe hispánico con las reformas borbónicas en la segunda mitad del siglo XVIII, que buscaban fortalecer el Estado a costa de debilitar a los cabildos, los ayuntamientos y las autonomías. En el siglo XIX este proyecto tiene su momento de mayor definición con la reforma liberal impulsada por Juárez, la cual quedó plasmada en la Constitución de 1857. En el siglo XX, el proyecto se consolida con los gobiernos emanados de la Revolución, a pesar de que la Constitución de 1917 haya concedido a las comunidades la propiedad comunal de la tierra.

La izquierda adopta esta concepción del Estado y, sobre todo, hace suya la idea juarista de México como un Estado nación en el que las mismas leyes valen para todos por igual. Para los principales teóricos de la izquierda revolucionaria del siglo XX, como Vicente Lombardo Toledano o Narciso Bassols, la solución del "problema indígena" consistía en sacar al indio de sus comunidades para convertirlo en proletario. Es por lo anterior que para algunos pueda resultar desconcertante que Luis Villoro, siendo un hombre de izquierda, se haya enfrentado con vehemencia a la tradición juarista.

Pero, a diferencia de la derecha tradicionalista, Villoro no impugna la Nación juarista con el propósito de reinstaurar un viejo régimen, sino lo que pretende es que la sociedad mexicana supere la concepción sobre el Estado y la nación expresada en la Constitución y funde una nueva forma de organización social más justa, que adopte como suyas algunas ideas sobre la vida pública que sostienen los pueblos indígenas.

De cualquier manera, cabe hacernos la pregunta de si la concepción política de Villoro es de izquierda. En años recientes se ha vuelto un lugar común decir que la dicotomía entre la izquierda y la derecha ha perdido significado. En el capítulo del libro denominado "La izquierda como una postura moral", Villoro afirma que ser de izquierda no consiste en sostener un conjunto de creencias, menos aún en abrazar una doctrina ideológica, sino que consiste en una elección de vida. De este modo, una misma doctrina puede ser de izquierda en un momento y de derecha en otro. El liberalismo fue disruptivo, es decir, de izquierda, cuando se enfrentó al absolutismo, pero luego conservador, es decir, de derecha, cuando sirvió al capitalismo. El marxismo–leninismo fue izquierda cuando luchó contra la explotación capitalista, pero fue derecha cuando se hizo un instrumento de una clase burocrática opresiva. Sin embargo, esto parecería llevarnos a una curiosa paradoja, ya que todo movimiento de izquierda al llegar al poder se convertiría automáticamente en uno de derecha. El reto es concebir una oposición de izquierda que no se convierta luego en gobierno de derecha. Villoro ha señalado que un tipo de organización social en el que el ejercicio del poder no hace uso de las estructuras de dominación es el que ha puesto en operación el EZLN con las llamadas Juntas de Buen Gobierno. Un principio rector de estas Juntas es la idea de mandar obedeciendo. Villoro ha descrito con mucha simpatía esta forma de organización. Para él, la democracia comunitaria que debemos construir no es la que han intentado consolidar los principales grupos políticos nacionales desde hace décadas. No es una democracia de partidos y votos depositados en urnas, sino una democracia directa, de asambleas, de decisiones tomadas por consenso.

Un elemento central de esta propuesta es que son los pueblos, los gremios, los barrios, etc., los que se organizan en esta modalidad democrática sin tener que responder a una estructura estatal que los domine. Ésta es la idea detrás de los municipios libres neozapatistas. Pero me parece que si buscáramos en la tradición filosófica occidental algún antecedente del rechazo de Villoro al Estado nación, quizá la hallaríamos en el anarquismo libertario y colectivista de autores como Proudhon o Bakunin. Por ello, no creo que sea descabellado relacionar la filosofía política de Villoro con la tradición anarquista mexicana y particularmente con el magonismo, cuyas coincidencias con el zapatismo y el neozapatismo son conocidas. Lo anterior debe matizarse porque sería un error calificar a Villoro como un anarquista sin más; no obstante, hay algunas afinidades que merecerían ser estudiadas.

Como el propio Villoro afirma en el capítulo del libro llamado "Multiculturalismo: un liberalismo radical", hay una ruta que va del libertarianismo al multiculturalismo. Pero esa misma ruta puede llevar a una posición cercana al anarquismo. Villoro ha defendido en varias ocasiones que la abolición del Estado nación es el fin último al que habríamos de dirigirnos. No obstante, en el capítulo del libro llamado "Del Estado homogéneo al Estado plural", establece que no debemos plantearnos por ahora la desaparición del Estado nación, sino más bien su reforma. Lo que podríamos intentar en un futuro cercano es que el Estado nación se limitase a sostener una estructura de defensa frente al poder de otros Estados hegemónicos y de las compañías transnacionales. Villoro no aclara si también piensa que el Estado nación reformado debería renunciar a ofrecer seguridad, salud y educación a sus habitantes, pero me imagino que considera que todo esto podría ser ofrecido por las propias comunidades o por asociaciones de ayuda mutua.

No está de más reiterar que aunque Villoro imagine un mundo sin Estados, él no es ni un utopista ni un revolucionario. Como lo ha expuesto en numerosos trabajos, es muy consciente del lado oscuro de las utopías, sobre todo de aquellas producto de la razón ilustrada. Villoro nos diría que para realizar el tipo de sociedad a la que aspiramos debemos estar abiertos a tomar distintas vías, pero nunca las del dogmatismo, la idolatría o la violencia. Para él, ni la ideología ni la utopía son caminos confiables para un cambio político que pretenda estar basado en una razón que se asuma como plural y falible. El siglo XX fue testigo de violentas revoluciones de todos signos que cuando llegaron al poder se convirtieron en Saturnos que devoraron a sus hijos. Y ahora el terrorismo es otro fanatismo que mata en nombre de la libertad y la justicia. Hay que evitar caer en la tentación de invertir los papeles y convertirse en el dominador del que antes nos dominaba. El último paso de la verdadera actitud de no dominación, sostiene Villoro, es el reconocimiento pleno del otro, aun si el otro es el dominador (p. 153).

El llamado de Villoro para basar la acción política, el ejercicio del poder, en la sensibilidad moral debería ser escuchado con mayor atención. Los sucesos recientes parecen indicar que las principales fuerzas políticas nacionales están rehaciendo las redes del poder para repartírselo entre ellos. No se busca infundir valores ni ideales en la política; lo que se pretende es únicamente mayor eficacia. Pero precisamente porque nuestra política real parece avanzar en sentido contrario al de la filosofía política de Villoro, podemos decir que ésta nos es tan necesaria.

Villoro nos ha enseñado que la filosofía es una actividad permanente de crítica de las convicciones reiteradas e impuestas. Esta defensa del poder liberador de la razón es uno de los legados más valiosos de su obra. Por eso termino citando las esperanzadoras palabras con las que acaba su libro: "Al despertar del sueño ilustrado, no encontraremos el sinsentido, sino una razón al servicio de la vida".

HURTADO, Guillermo. Luis Villoro, Los retos de la sociedad por venir. Diánoia,  México ,  v. 53, n. 60, p. 195-199,  mayo  2008 .   

Disponible en <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-24502008000100010&lng=es&nrm=iso>. accedido en  22  oct.  2019.

terça-feira, 15 de outubro de 2019

Homenaje a Miguel León-Portilla

La noche de este martes 1 de octubre, murió el historiador, filósofo y humanista Miguel León-Portilla, uno de los hombres más sabios y generosos que han existido en el México contemporáneo, estudioso y defensor comprometido de las culturas originarias de nuestro país, académico insigne, investigador dedicado y persona de bien, confirmó la Universidad Nacional Autónoma de México.


En su cuenta de Twitter, la UNAM informó sobre el “lamentable deceso, a los 93 años, de Miguel León-Portilla. La imagen el 11 de octubre de 2016. Foto: José Antonio López





El deceso ocurrió en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán donde permaneció internado los recientes meses cuando en enero fue hospitalizado (primero en un nosocomio particular) debido a problemas respiratorios. Tenía 93 años.La imagen en el mes de mayo del 2000. Foto: Omar Meneses/ archivo La Jornada




Carlos Fuentes y León Portilla Durante la clausura del Congreso Internacional de la Lengua Española, el Valladolid, España, el 19 de Octubre de 2001. Foto: Notimex/ Juan Carlos Rojas

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